lunes 22 de junio de 2009
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sábado 16 de mayo de 2009
Sobre el taller (mini resumen) /Semana Santa en Roldanillo-Valle

http://talleraluna.blogspot.com/
En cuanto a mi experiencia con este taller debo decir (aprovecho para hacerlo público) abandoné mi lugar de trabajo un miércoles al medio día con el fin de enrutarme y llegar a la jornada que había iniciado el domingo. Llegué a Cali a eso de las 11pm y allí dormí aprovechando las amistades. El jueves llegué a Roldanillo a las 2pm (luego de una dosis paisajística que lo justificó todo). Me ubicaron en la órbita lunática del 204 en La Posada (el caso es que sobreviví).
La niña grande (como me refiero con cariño a Marga López) siempre bien dispuesta con sus lecturas y esa capacidad para hacer de todo conocimiento algo universal: entre biografías, narrativa, películas y experiencias puso aprueba los mecanismos creativos de todos los asistentes en la comprensión de los temas abordados y qué mejor forma que escribiendo, dramatizando, etc.
Estuvimos en Bugalagrande (nos atropelló un tamal valluno exquisito) y compartimos taller-lectura con los interesados que se unieron al grupo, de nuevo en Roldanillo leímos en un café (cuyo nombre se me escapa) y participamos en la apertura de las exposiciones del Museo Rayo escribiendo sobre las obras de los artistas Omar Rayo y el mexicano Ignacio Vera Ponce.
Les comparto mi ejercicio:
Ignacio Vera Ponce. Obra: Transhumantes
En esa línea de viaje donde las cosas deciden no llamarse
renace el instante
el que principia con sangre henchida
la selva de luz.
Omar Rayo. Obra: En general (me encantó su expresión de "Roldayork")
El abrazo intermedio
labra con dulce humedad
las señales que como puentes
se despojan
en el doblez de la mirada.
Y celebramos todo claro, hablando de música, libros, realidades y cuanto tema se puede abordar con un buen grupo de amigos.
Mi tiempo "cómicamente" transcurrió en lapsos de seis u ocho horas para ingerir las tabletas diagnosticadas conforme al conducto que me realizaron y que me mantuvieron (la mayoría del tiempo) al margen de cualquier intención etílica.
Ahora la cita es regresar para el XXV Encuentro de Poetas Colombianas del 16 al 21 de julio. Nada me alegra más que experimentar la alegría de la maleta al hombro, la de hacer del papel una búsqueda e ir tras la ocurrencias de la poesía.
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sábado 2 de mayo de 2009
algunavez@hotmail.com
Te envío el texto FLORES de Cabrera, hablando de los milagros etéreos, borbotones de ausencia y de cómo te inventas en esta mesa. Para verte, evado notificarle a tu ciudad el forcejeo amistoso-laboral que en treinta minutos nos deja parpadear los grandes proyectos personales que no han pensado en la palabra beso; el testigo discreto me recuerda tal encuentro y yo acudo al conocido desparpajo de los de memoria fluctuante, muestro el reloj del destiempo y argumento cosas de realidad, travesías y posibles.
Jugar en tu tiempo es manipular veneno, es competir con la calma y dejarle un vistazo brevísimo a los sentimientos. Con esa noción musical de “los que se enamoran hasta en un desierto” hago uso de mis raíces más amplias para saborear cada palabra de 7 y 20 u 11 y 40 con la que no puedes confundirte y la vida puede terminar.
Voy tras el “puede que pueda”, pues sos la aventura que se ofrece inmutable en los ojos y desencadena una promesa ondeante, visitadora, que poco sabemos encarar cuando abordamos en su compañía las mismas calles.
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sábado 18 de abril de 2009
Michael Ende. Carperta de apuntes. Nieselpriem y Naselküss
Buscando el legendario país de Papanatíbar, el mundialmente célebre chungólogo y panfilómono Stanislaus Stups descubrió un día en medio del océano una isla que no estaba indicada en ningún mapa. Ordenó al capitán de su barco que anclase ante la costa y remando se dirigió a tierra él solo en un bote.
La isla tenía forma de sombrero puntiagudo, de un color azul ultramarino. La playa era por así decir el ala y tenía una anchura de sólo veinte o treinta metros, detrás de ella se alzaba un monte en forma de cono, de rocas agrietadas. Parecía no haber vegetación de ningún tipo, ni árboles ni arbustos, ni hierba ni musgo.
Cuando Stups caminaba en torno al monte intentando calcular qué altura podría tener, se halló de pronto frente a un poste que señalaba en dos direcciones. En el indicador de la derecha se leía «A casa de Nieselpriem», en el otro rezaba «A casa de Naselküss».
Al principio, Stups no podía decidirse por ninguna de las dos direcciones, pues ninguno de los dos nombres le decía nada concreto. Pero luego descubrió algo que le facilitó la elección: había sólo un camino, el que iba hacia la derecha. A la izquierda, o sea, por donde se iba a casa de Naselküss, sólo se veía impracticable terreno rocoso, por el que no se podía ni trepar.
Stups se decidió, pues por la cómoda y bien construida carretera que llevaba a casa de Nieselpriem y que ascendía siempre hacia la derecha, formando una gran espiral en torno al pico montañoso. Por lo visto, el tal Nieselpriem vivía arriba, en la cúspide.
Cuando había llegado aproximadamente a media altura, el explorador se detuvo para respirar hondo y mirar hacia atrás. Vio abajo el barco, anclado mar adentro, vio también la playa, con el pequeño bote: ¿pero dónde estaba la carretera por la que había caminado? No había camino, había desaparecido sin dejar rastro. Es decir, detrás de él no había carretera, porque el trozo que le quedaba por recorrer y que se remontaba hasta la cúspide estaba allí, sin la menor duda. Ese descubrimiento sorprendió desagradablemente al viajero; tenía la molesta sensación de irse metiendo en una trampa.
Con prudencia, paso a paso, siguió subiendo, mirando al mismo tiempo hacia atrás, una y otra vez, volviendo la cabeza; y en efecto, pudo observar cómo, inmediatamente detrás de sus talones, el camino se difuminaba y desaparecía, desaparecía tan completamente como si nunca hubiese existido. Stups se paró y reflexionó. ¿Era cosa de seguir adelante o no sería más aconsejable dar la vuelta? Pero dar la vuelta significaba deslizarse por el agrietado peñasco azul. Si al hacerlo perdía pie, tendría una caída y se rompería el crisma y las piernas. Además, decía Stups para sus adentros, aquella extraña circunstancia del camino que desaparecía no era razón suficiente para desistir. El descubrimiento del legendario país de Papanatíbar iba a enfrentarle con dificultades mucho mayores que ésa. Y la verdad es que no tenía por qué ser tan grave la cosa, hasta aquel momento, al fin y al cabo, no le había acontecido nada malo.
Así que, cobrando ánimos, continuó la ascensión. La espiral del camino se hacía cada vez más angosta según iba llegando él a la cumbre, y cuando hubo dejado atrás la última revuelta, se encontró de improviso delante de una pequeña cabaña de madera, de forma circular y de aspecto bastante pobre. El camino terminaba ante la puerta de la cabaña.
Stups se acercó y encontró en la puerta un letrero que decía:
Cordial bienvenida a los visitantes, aunque sean inútiles.
¡Se ruega llamen a la puerta al menos siete veces!
Así que Stups dio siete golpes, y luego, debido al «por lo menos», otros tres más. Aguzó después el oído y oyó venir del interior de la cabaña un ruido que sonaba como el tintineo de innumerables campañillas. Se abrió la puerta y apareció en ella un personaje extrañísimo. Era un hombre bajito, poco más alto que el propio Stups, con un traje rojo grana, en la cabeza un sombrero de copa igualmente rojo y bajo la gruesa nariz un bigotazo negro cuyas puntas, semejantes a dos sables turcos que señalaban hacia la derecha y hacia la izquierda, distaban medio metro una de otra. De brazos y piernas, del ala del sombrero, de ambas orejas, y hasta de las puntas de sus bigotes, colgaban campanillas de plata que tintineaban a cada movimiento. Y movimiento no es lo que faltaba a aquel extraño personaje. Saltaba y se movía todo él casi sin interrupción. Sin embargo, su aspecto era lastimoso, tan profundamente triste que nadie pensaría que el hombre tuviese ganas de pegar saltos.
-¡Vaya!- exclamó cuando echó de ver al explorador-. Esto es una visita, seguro. No es que me sirva de nada, pero por lo menos me gustaría saber con quién tengo el honor.
-Stups-dijo Stups inclinándose levemente-.Stanilaus Stups, chungólogo y panfilónomo, en importante viaje de descubrimiento.
-¡Que lastima!- respondió aquel tipo extraño dando un salto que hizo sonar todas las campanillas-. Yo soy Nielsipriem, pero no vale la pena señor mío, que trate usted de fijarlo en su memoria. Déjelo estar.
-¿Qué es una lástima?- preguntó Stups- y por qué no vale la pena?
-Oh, es inútil que se lo explique, querido amigo, pues no lo recordará en absoluto.
-Yo se lo aseguro- lo contradijo Stups- que por regla general tengo una memoria bastante buena.
-Por regla general, por regla general- exclamó Nielsipriem con un gesto de desaliento-.Conmigo eso no le serviría de nada. No se trata de la memoria de usted, la causa está en mí.
Stups tuvo la impresión de que su presencia no era tan deseable en ese momento, por lo que dijo, siendo como era una persona educada:
-Le ruego encarecidamente que me disculpe si le he molestado, señor Nielsipriem. Quizá sea mejor que venga otra vez, cuando su tiempo se usted lo permita.
-¡Pero por Dios, en modo alguno!-replicó consternado Nieselpriem-. Pase usted, por favor, aunque sea total y absolutamente inútil.
Stups siguió al dueño de la casa hasta el interior de la pobre cabaña. Ésta constaba de una sola pieza, los escasos muebles estaban hechos de tablas podridas, claveteadas unas con otras –se trataba seguramente de maderas arrojadas a la costa-, y al vajilla se componía de latas oxidadas y cosas semejantes. Lo curioso es que la mesa estaba puesta para dos.
Nielsipriem invitó a Stups a sentarse a la mesa. Sin dejar de suspirar escanció un barrilito hasta llenar dos latas.
-Es ron de un naufragio-explicó. Beba, por favor, de todos modos ya no queda mucho.
-¿Pero me estaba usted esperando?-preguntó Stups. La manifiesta deseperación de su anfitrión le movía compasión.
-¡Qué va!- respondió al otro con tono quejumbroso-. La segunda lata estaba destinada en realidad a mi hermano Naselküss. Pero es totalmente superflua, naturalmente, pues él no sabe nada de mí. Me ha olvidado, como olvidan todos los demás. Esto es, querido amigo, lo que me ha deparado el destino, ni más ni menos.
Nielsipriem parecía estar al borde de las lágrimas.
-Lo siento siceramente- murmuró Stups tomando un pequeño trago de aguardiente-. Casi no puedo creer que la gente se olvide de usted, con el aspecto que tiene.
Nielsipriem asintió apenado:
-Sí, me esfuerzo desde luego lo más posible en llamar la atención en todos los aspectos. Si llevo esta vestimenta de las campanillas no es en absoluto porque me guste sino la esperanza de que algún día me retenga alguien en la memoria. Pero lo sé, lo sé, es inútil todo. Es una facultad que tiene cualquier otro y que le parece lo más natural, pero a mí, sabe usted, a mí esa facultad me falta totalmente. Además, siempre he sido así. Jamás ha habido un cambio en mí en este sentido. Y también usted, respetado amigo, me percibe sólo mientras me tiene delante. En el mismo instante en que nos separemos, no sabrá usted nada de mí. Me habrá olvidado tan totalmente como si jamás nos hubiéramos visto. ¿Se imagina usted lo que eso significa para alguien como yo? ¡Tiene usted ante sus ojos a un personaje de tragedia!
Dando un breve sollozo vacío su lata de un trago.
-¿Se trata de una enfermedad?-se informó Stups dando un prudente sorbito de la suya.
Nielsipriem llenó de nuevo la lata.
-Ya fui una vez al médico por esto, en mi juventud, porque me decía a mí mismo: ¡Nielsipriem, a ti está claro te pasa algo! Te falta exactamente lo que capacita a todos los demás para permanecer en la memoria de otros. Le describí la doctor minuciosamente mi enfermedad. Él escuchó con aire pensativo y dijo después que quería reflexionar sobre el asunto.
Nielsipriem se zampó otra vez el ron de un solo trago.
-¿Y entonces?- preguntó Stups.
-Nada más-respondió Nielsipriem enjugándose las lágrimas-.En cuanto me marché de su lado, me olvidó, como es natural, así que no pudo reflexionar. Le escribí entonces una carta, incluso, pero no sirvió de nada, lógicamente, porque no se acordaba de nadie que hubiese ido a verle y que se llamase Nielsipriem.
-Qué cosa más rara, en efecto- admitió Stups-. Osea, que si, por ejemplo, usted se marchara ahora de este cuarto ¿yo pensaría que había estado solo aquí todo el tiempo?
-Exactamente- suspiró Nielsipriem. Retorció las puntas del bigote que ya estaba húmedo de lágrimas-. Pero no me entienda mal señor mío. No lloro por eso. Lloro por mi querido hermano al que nunca puedo abrazar ni besar: nunca jamás podré hacerlo. ¡Que desgracia!
-Ah, sí- dijo Stups. En realidad usted estaba esperando a su hermano. ¿Por qué no ha venido?
-No viene nunca y no puede venir nunca- reanudó Nielsipriem sus quejas-. Es decir, que puede que venga, puede que esté ya aquí, pero eso no me sirve de nada. Es horrible, realmente horrible.
-Me ve usted lleno de perplejidad-admitió Stups-. Si no le cansa demasiado, querría pedirle que me explicara el caso un poco más detalladamente.
-Se llama Naselküss- empezó Nielsipriem-, de eso me acuerdo con absoluta seguridad.
-En efecto- interrumpió Stups-, he visto ese nombre abajo, en el indicador al pie del monte.
-Exactamente- prosiguió Nielsipriem-. Sólo que hay que ir en la dirección contraria para llegar hasta él, aunque viva también en lo alto de este monte y en esta misma cabaña. Y sin embargo… y sin embargo…
De nuevo se puso a sollozar y tuvo que trincarse otra lata de ron hasta que pudo tranquilizarse. Stups esperaba pacientemente.
-Bueno, se trata de lo siguiente-prosiguió finalmente Nielsipriem su explicación-; somos gemelos y tan parecidos que no se nos distingue. Y por otro lado somos muy diferentes, más aún, somos casi los extremos opuestos. Quiero decir que a él le pasa exactamente lo contrario que a mí…
Se interrumpió y dirigió una penetrante mirada a su huésped.
-Dígame usted, amigo mío, ¿no habrá estado ya con él?
-Que yo sepa, no- replicó Stups-. Por lo menos, no me acuerdo.
Nielsipriem inclinó melancólicamente la cabeza.
-Ésa es la prueba de que no ha estado usted con él, pues de él usted podría acordarse. Sería por así decir lo único que le cabría hacer.
-¿He de concluir de todo eso que su señor hermano no padece de la misma, cómo decirlo, deficiencia que usted?
-Bueno, él también tiene un defecto de nacimiento – exclamó Nielsipriem-. Pero lo que no se puede afirmar, por mucho que uno quiera, es que padezca por ello. He dicho antes que a él le pasa lo contrario que a mí. La presencia de Naselküss no puede percibirse mientras él está. Sólo cuando se marcha recuerda uno que ha estado presente. Podría, por ejemplo, estar ahora con nosotros y nosotros no los sabríamos. Pero en cuanto se marchase, podríamos acordarnos los dos exactamente de que ha estado con nosotros y de lo que ha dicho y hecho.
Stups no puedo evitar la sensación de que todo empezaba a darle vueltas en la cabeza. Solo por decir algo positivo, murmuró:
-Bueno, le prometo que saludaré a su hermano de su parte, si llegara a verle una vez por casualidad.
-¡Eso justamente no! –gritó Nielsipriem, que iba perdiendo la paciencia-. ¡No entiende usted nada, pero nada de nada, de lo que le están diciendo! ¿Y usted quiere ser explorador? Es completamente imposible que usted salude de mi parte a mi hermano querido gemelo. Primero, porque usted no sabrá nunca que lo ha visto hasta después de haberlo visto, y segundo porque de mí ya no se acordará en cuanto nos hayamos separado. Ésa es también la razón de por qué no sabe él nada de mi existencia, ni lo sabrá nunca. ¿Ha comprendido por lo menos esto, señor mío?
Stups asintió, más por educación que porque estuviese convencido.
-Bueno- prosiguió Nielsipriem-, se lo creo, pues hasta aquí, todo es aún bastante simple. Lo que en realidad hace que la cosa se vuelva difícil es el hecho de que mi querido hermano gemelo Naselküss se parezca a mí como una gota de agua a otra. Lleva incluso la misma vestimenta, con las campanillas, probablemente en plan de broma. Pues interiormente, en el carácter, somos completamente distintos. Por ejemplo, al contrario que yo, es siempre divertidísimo, dispuesto a toda clase de bromas, que a veces casi pasan de la raya. Oh. Podría contarle cosas realmente malas que ha hecho. Y es que se puede permitir todo, sin riesgo ninguno, porque su presencia no puede percibirla nadie. Y soy yo luego, claro, al que todos piden cuentas de sus barrabasadas, por parecernos ambos como dos gotas de agua. ¿Y cómo voy a poder probar yo que no soy él?
-Pero- interrumpió Stups-, por lo que he visto, esta isla está deshabitada, excepto por usted, claro y … quizá por su señor hermano. ¿A quién puede gastarle él entonces esas bromas?
-Ésa es precisamente la razón –explicó Nielsipriem- de por qué vivimos ahora aquí, totalmente apartados del mundo. Lo cual me resulta muy difícil, pues yo, en el fondo, soy una persona muy sociable. Pero antes, cuando vivía en otros sitios con otras personas, la situación era muchas veces insoportable para mí. Algunas veces hasta me metieron en el calabozo por cosas que yo no había hecho, sino mi hermano. Sin embargo, no se le puede tomar a mal, puesto que él no sabe de mi existencia, caso de que no esté casualmente conmigo, y esto yo, a mi vez, no puedo notarlo.
-¿No podrían separarse ustedes-preguntó Stups-, para que su duro destino sea más llevadero?
-¿Y cómo?-exclamó Nielsipriem-. ¿Me dice usted cómo? Y aparte de eso, yo le tengo cariño, es mi hermano y mi única familia.
-Vaya por Dios-dijo Stups- entonces yo, por desgracia, tampoco sé qué consejo darle.
-Lo ve usted -sollozó Nielsipriem-, no hay ayuda posible. Tengo que soportar solo la desgracia, pues a él, a mi hermano, le ha tocado la parte, con mucho, más agradable. Por cierto, si lo llegase a ver, no le crea usted una solo palabra. Al contrario que yo, no brilla precisamente por su amor a la verdad. Dicho más exactamente: miente en cuanto abre la boca. ¿Pero qué estoy diciendo? Es totalmente absurdo que yo le esté previniendo, pues usted se olvidará de mí y de nuestra conversación, tan pronto como nos separemos.
-Oiga usted- dijo Stups, a quien el continuo gimoteo de su anfitrión estaba empezando a cansar-. Voy a proponerle una cosa. Véngase conmigo a mi barco y acompáñeme en mi viaje de exploración.
Nielsipriem lo miró estupefacto.
-¿Y dejar aquí a mi pobre hermano? ¿Completamente solo y sin nadie que tome la responsabilidad de lo que hace? ¿Cómo piensa usted que eso sea posible, caballero?
-Puede venir él también con nosotros- propuso Stups.
-¿Puede usted garantizarme que haría eso de verdad?
Stups reflexionó un rato y sacudió después la cabeza.
-No, si las cosas son efectivamente tal y como usted las ha descrito, eso no se podrá saber nunca.
-¿Lo ve?- dijo Nielsipriem-, usted mismo se da cuenta.
-Bueno, por lo menos yo –dijo Stups levantándose- sí que tengo que marcharme, sintiéndolo mucho. Me están esperando en el barco. Muchas gracias por su hospitalidad.
-¿A dónde viaja usted? –preguntó Nielsipriem, con clara intención de prolongar un poco la despedida.
-Estamos haciendo una expedición- explicó Stups-. Buscamos el misterioso país de Papanatíbar. Por todo lo que ha llegado a mis oídos debemos estar ya bastante cerca.
Nielsipriem hizo un gesto de asentimiento:
-Cerca es posible, pero nunca llegarán a él.
-¿Y por qué no?
-Eso debería preguntárselo a mi querido hermano NaselKüss. Yo, por mi parte, le deseo buen viaje, caballero.
Se dieron la mano y Stups se apresuró a salir de la cabaña.
No había camino alguno por el que descender del picacho, así que Stups se dispuso, de grado o por fuerza, a iniciar el descenso a través de las lisas y agrietadas rocas. Marchaba sesgando la pendiente, siempre en espiral en torno al monte azul ultramarino, pues el camino recto hubiera sido demasiado en declive. Al cabo de un rato le faltaba el aliento y el sudor le caía por la frente. Se sentó en el suelo, volvió la cabeza en dirección a la cumbre y comprobó que a sus espaldas, justo por donde él había pasado, se había formado un camino, que serpenteaba en torno al pico, hasta el sitio exacto donde él se hallaba en ese momento. Allí se acababa y delante de él no había otra cosa que las agrietadas peñas.
Cuando por fin alcanzó el pie del monte, se halló exactamente en el mismo sitio en que estaba el poste con los dos indicadores, sólo que ahora había únicamente un camino hacia la izquierda, o sea en la dirección para la que según el letrero, se iba «A casa de Naselküss».
Stups no se asombró en absoluto, pues recordaba exactamente que acababa de estar con él. Había sido un encuentro divertidísimo y, al recordarlo, tenía que reírse para sus adentros. Sólo durante un breve instante le pareció que había algo fuera de lo normal en ello, pero no pudo averiguar qué era. Así que se encogió de hombros y regresó en el bote al barco. El capitán estaba sentado, como siempre desde que iniciara el viaje, en su camarote escribía el tomo no sé cuántos de su extensa novela que versaba sobre un capitán que escribía un libro que versaba sobre un capitán que escribía un libro… La bodega del barco estaba ya medio llena de pilas de papel, pero aún no había la menor perspectiva de que la voluminosa epopeya tocara su fin. Cuando entró Stups, levantó la mirada un instante, sin dejar de escribir, saludó distraídamente y preguntó:
-¡Ah! ¿Qué tal ha ido eso?
-Ha sido muy entretenido- respondió Stups-.primero he subido hasta la cabaña arriba del monte. En la puerta había un letrero que decía: « Naselküss. Pero no estoy en este momento. Búscame». Entré, pero, en efecto, allí no había nadie. Esperé un rato, al cabo salí y di una vuelta en torno a la cabaña. Allí encontré a un hombre con un traje rojo grana, un sombrero del mismo color sobre la cabeza y un bigote inmenso debajo de la nariz. Tenía campanillas colgadas por todo el cuerpo. Daba saltitos en todas direcciones, se reía y dijo:
«-Caballero, seguramente usted a seguido la dirección “A casa de Nielsipriem”, ¿no es cierto?»
Yo asentí. Entonces casi desternillándose de la risa exclamó:
«-¡Pero qué requetebién ha mordido usted el anzuelo! Todos caen en la trampa cuando leen allá abajo el letrero. Ha de saber usted, caballero, que el tal Nielsipriem no existe. Tendría que saberlo yo, si es que aparte de mí hubiese alguien que viviese aquí en la cabaña. Yo vivo solo, y eos de Nielsipriem me lo he inventado, nada más que por pura broma. ¿O es que lo ha visto usted? No, qué va… »
-Vaya, vaya.dijo el capitán-. Muy interesante- y continuó escribiendo.
Stups se acarició la barbilla y reflexionó un poco.
-Pero ese Naselküss dijo algo más- continuó-. ¿Qué fue? Sí, ahora me acuerdo. Dijo: «Si le tomo el pelo a la gente, no tengo por qué preocuparme de si alguna vez me equivoco y doy con uno que no aguanta las bromas. Quizás esté pensando usted ahor que ya no parezco persona tan fuerte como para permitirme eso. Pero mire usted, amigo, eso es precisamente lo interesante del asunto, yo no necesito ser fuerte, pues a mí no me echa de ver nadie mientras estoy presente. Tampoco usted, caballero, me está percibiendo ahora. Sólo después se acordará de mí. Podría por ejemplo robarle todo su dinero sin que usted ni se lo huela. Pues cuando se acuerde de mí, hará tiempo que ya me he quitado de en medio. ¿No es una maravilla?».
-Eso es naturalmente absurdo- murmuró distraído el capitán.
-Exactamente-dijo Stups rebuscando en todos sus bolsillos, sin encontrar nada. Sin ambergo, había guardado allí antes el monedero.
-¿Se ha traído al tipo ese con usted al barco?- preguntó el capitán.
Stups caviló un rato mirando al vacío y dijo a continuación:
-Ya me gustaría saberlo.
-Déjeme trabajar ahora-rezongó el capitán-. Estoy a punto de concluir un capítulo.
Stups salió a cubierta. Al timón estaba Matías Gali, el gigante.
-¡Levad anclas! –le gritó Stups-. El viaje continúa.
-¿Qué rumbo?- preguntó el timonel.
-Dos sectores sur-norte-este-oeste- ordenó Stups.
-¡Pero, pero…, señor!- respondió el gran Galimatías.
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jueves 22 de enero de 2009
Lectura en CALI:
FABIO LARRAHONDO VIAFARA
Especial para el Diario Occidente
Para tener en cuenta: (I):
- Allí estábamos unos 30, ¿menos o más?, amantes de la poesía. Era noche de sábado de invierno en Cali, desa-fiamos la lluvia por versos que opacaban las gruesas gotas que caían en la cubierta de la sala de Domus Teatro, uno de los refugios del arte en Cali, donde todo no es salsa un sábado. También es un refugio de murales que gritan en medio del urbanismo, en una sala con mesas hechas arte silencioso.
Para tener en cuenta (II):
- En medio de la penumbra, un hombre de voz grave, dijo "apaguen los celulares, por favor", mientras que al frente una pareja melosa no cesaba de darse besos inoportunos, al tiempo que una dama, escueta pero amable, con voz cargada de inteligencia anunció a Sorelly Snid y a Carolina Cortés. La primera de Antioquia y la otra de Bogotá, quienes fueron leyendo, de dos en dos, poesías con olor a ciudad, a limbo, a deseos insondables y a momentos imborrables y compartibles.
Para tener en cuenta (III):
- ¿Quién es quién?...pregunté a la dama de voz inteligente..: "Sorelly es la de vestido", para mí era la de poesía urbana, la de versos femeninos pero sin extremos, aquella de juegos de palabras y versos punzantes. Carolina nos dejó un aroma a transhumancia, a versos que hablan de experiencias y de instantes congelados para la memoria sin congelar.
Para tener en cuenta (IV):
- Un cúmulo de aplausos si-guió cuando sus libros se ce-rraron, al tiempo que la lluvia seguía golpeando en los techos de Domus Teatro, que abrió su temporada con esta propuesta de poesía. El hombre de la voz grave anunció 10 minutos de receso para dar paso al grupo musical Entre Cuerdas Trío, integrado por estudiantes del Instituto Popular de Cultura -IPC-, otro refugio del arte en Cali.
Para tener en cuenta (V):
- Entre Cuerdas Trío, mezcla de guittar, requinto y bajo, hizo un recorrido por aires latinoamericanos, con versatilidad y calidad con presente y futuro. Entre voces y comentarios la música de cuerda contribuyó a que la noche tuviera una cara especial en esta sala concertada, donde sus directivos se esfuerzan por mantenerla viva y por eso se extendió a seguir "viniendo, porque esta es la apertura de una interesante programación para el año".
Para tener en cuenta (VI):- Las luces se encendieron y al salir volví a pensar que la poesía sigue viva en Cali, porque todavía hay quienes desafiemos la lluvia para ir en busca de un verso...
Chao. Nos vemos mañana..
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viernes 2 de enero de 2009
...
Quiero dormir contigo esta ciudad. Yo sonreiré por tus muros, por la persecución que evalúas sin prisa en tus manos; ni túneles, puentes o algo contrario o parecido apostará a que te querré más pues acabo de perder mi computador y eres la secuencia más tangible de memoria; ya desearía compartir siquiera tu aburrimiento frente al televisor, o el silencio simple de una tarde mal agendada, tan sólo observar el abandono que propinas a la vida; por lo percibido conozco el peso de esos cangrejos que tienes por pies, una tela azul poco divertida, y esa mirada que todo lo cubre, pliega y embarca. Se alcanza a leer un llanto profundo en alguna parte de la habitación, el libro de Cuenca (del cual te compartí La Noche Blanca y donde se quedaron con ganas de ti: Lágrimas de Beba, El Desayuno y sobre todo: Mal de Ausencia) sostiene el agua que inmune a esta melancolía se deja grabar por las diminutas burbujas del desvarío; los pasos que prometen hacer de lo que viene y lo que ocurrirá algo medidamente soportable, apetitoso de normalidad, calibrado de rutinas no comprenden la pasión que inspiran tus “famosos” charro, las órdenes en tono de amor agonizante, o cuando levantas las cejas para sacudir mi vista, la boca que olvida el término tregua y brilla y me moldea el aliento en cada entrega. Debo decirlo con la frente marchita: nadie precisa más a tus zapatos y sus ocurrencias.
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viernes 14 de noviembre de 2008
Por la tarde
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EMPEZARES PARA EL 2009

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viernes 29 de agosto de 2008
VIEJO APAGÓN
El espacio para cada individuo
y esta blanda esperanza de ir,
para los días en que no alcance,
con ese orgullo trajeado y evasor.
Consigue la vela para lo que vendrá
y atízala con la saliva más amplia,
la expresión menos segura.
Pregunta al viejo papel
por el testamento de la infancia,
recoge y sortea los trazos
de la desmemoria,
deja que el espejo se revele,
que libere la paranoia
de su eternidad
y evita darle pulcritud
al conocido desarraigo.
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martes 12 de agosto de 2008
A sabiendas
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miércoles 18 de junio de 2008
PARA UN FIN
Por casualidad podremos acabarnos pronto, resumirnos en un puñado de llaves abandonadas en un teatro donde proyectarán una mala película, siempre en la búsqueda del melancólico que dejamos alimentarse de nosotros.
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